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	<title>Tragedias Cotidianas</title>
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	<description>Cuentos cortos y relatos de muertos y muertecitos</description>
	<pubDate>Mon, 15 Feb 2010 19:20:59 +0000</pubDate>
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	<language>es</language>
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		<title>35 La chica de al lado</title>
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		<pubDate>Mon, 15 Feb 2010 19:18:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sergio</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Otros cuentos]]></category>

		<category><![CDATA[amor]]></category>

		<category><![CDATA[enamorado]]></category>

		<category><![CDATA[locura]]></category>

		<category><![CDATA[suicido]]></category>

		<category><![CDATA[tanger]]></category>

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		<description><![CDATA[En una mañana soleada de primavera y en la azotea de una casa humilde del extrarradio de Tánger,...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h1><span class="other">35</span> La chica de al lado</h1>
<p>En una mañana soleada de primavera y en la azotea de una casa humilde del extrarradio de Tánger, estaba sentado Ahmed sobre un taburete, un chico de 18 años, alto y bien parecido y con pinta de no haber roto nunca un plato. Tenía en la mano un voluminoso libro de historia y otros desparramados por el suelo. Perentoriamente tenía que prepararse para los exámenes finales de bachillerato que estaban a la vuelta de la esquina. Era un chico serio, muy serio para su edad, no le gustaban las bromas que le gastaban sus amigos de vez en cuando por muy inocentes que fueran. En clase era el mejor, el más aplicado y el más inteligente de todos. Las chicas lo asediaban continuamente para explicarles problemas de matemáticas y otras asignaturas difíciles. Él lo hacía encantado porque le gustaba estar rodeado de chicas que le pedían favores, aunque nunca se atrevía a invitar a alguna por su exagerada timidez.</p>
<p>Con la espalda pegada a la pared y desguarecido del sol debajo de una destartalada lona que cubría una cuarta parte de la azotea, miraba fijamente el mar que se extendía allá en el horizonte rematado por las siluetas de la ribera de enfrente semiborrosa por la bruma reinante. Parecía un autómata con la mirada vaga sin apenas pestañear; y como estaba sumido en su éxtasis onírico no se dio cuenta de que su madre le llamaba insistentemente para bajar a comer.</p>
<ul>
<li>¿Es que estás sordo, hijo?</li>
<li>Lo siento, mamá, estaba reflexionando.</li>
</ul>
<p>Pero en realidad estaba enamorado de Amina. Una joven vecina de la casa de al lado, que la veía todos los días cuando salía a su azotea a tender la ropa, pero no se atrevía a dirigirle ni siquiera un hola. Ella sabiéndose observada, recurría a todos los movimientos y gestos propios de los encantos femeninos para aumentar aún más el interés del chico hacia ella. Era dos años más joven que él pero tenía un cuerpo esbelto de mujer, de pelo sedoso castaño, ojos azules, nariz respingona, labios menudos y dos hoyuelos a ambos lados de las mejillas que embellecían su angelical cara cuando sonreía. Toda esta belleza física contrastaba con su carácter frívolo. Era el polo opuesto de Ahmed. No le gustaban los estudios. Aprobaba a base de chuletas y ayudas de sus amigas. Le gustaba gastar bromas, hablar con los chicos, chatear por Internet con todo el mundo, en fin, una chica desenfadada, alegre y tremendamente atractiva. A ella le gustaba ese vecino tan apuesto que la comía cada día con la mirada y ella le respondía con miraditas insinuantes acompañadas de sonrisitas como invitación a entablar una conversación. Pero él no podía. Su exasperante timidez bloqueaba cualquier atisbo de acercarse a ella. Sentía que el pecho le ardía como un volcán en erupción, tenía ganas de decirle todo lo que su corazón sentía, de desahogarse, de confesarle su ardiente amor que le torturaba paulatinamente. Esa locura de amor que sentía le estaba ofuscando la mente. Ya ni siquiera prestaba atención a los libros que tenía cerca de él, ya ni siquiera pensaba en los exámenes, en la familia, en los amigos, en el futuro, en nada. Estaba obsesionado por esa chica de la azotea de al lado. Había perdido la noción del tiempo. Nunca antes se había sentido tan perturbado delante de una chica. Estaba como hipnotizado y sentía que una fuerza avasalladora invisible le atraía hacia la chica, le consumía y él luchaba por no ceder, sufriendo lo indecible. De repente oyó una voz que se dirigía a él, una voz que sonaba como una dulce melodía, como proveniente del cielo, de los ángeles.</p>
<ul>
<li>¡Hola! ¿Cómo te llamas?</li>
</ul>
<p>Ahmed se puso de pie como un resorte y se quedó embobado viendo a la joven que le sonreía y le hacía aspavientos para que le contestara. ¡No podía ser! La chica de sus sueños le hablaba y estaba delante de él a unos pasos, en la otra azotea de la casa de al lado.</p>
<ul>
<li>¿Es que estás mudo?</li>
</ul>
<p>Y lo estaba en esos momentos. Apenas le entraba aire en los pulmones y su corazón latía vertiginosamente. No podía articular palabra alguna por mucho esfuerzo que hacía. Se sonrojaba a cada intento de hablar. La chica, viendo los ridículos gestos de perturbación de Ahmed, y como estaba acostumbrado a tratar con chicos atrevidos y osados, quiso bromear con él conteniendo de paso la risa que la tenía a flor de piel.</p>
<p>Ahmed estaba pasmado delante de la chica, impávido, sin habla y con el libro abierto de par en par, pero con la mirada fija en la chica. Ahmed la conocía desde que era una niña, una niña que iba haciéndose mujer año tras año sin dirigirle una sola palabra. Se encontraba con ella en la calle, en la azotea, a veces en el mercado, y nada, la miraba furtivamente y cuando ella se daba cuenta él disimulaba lo mejor posible su turbación.</p>
<p>Ahora estaba delante de él y le hablaba. Era un sueño hecho realidad. Quería contestar pero se le atragantaban las palabras, apenas balbuceó unas cuantas palabras entrecortadas: <em>”Estoy…bien, gracias”</em>. Al terminar de pronunciar esta frase, se sintió aliviado como si quitara un gran peso de encima. Las chicas, al sentirse halagadas y deseadas con vehemencia suelen hacerse de rogar sobre todo si delante hay un chico enloquecido por ellas y Amina no iba a ser una excepción. A partir de este momento, comienza el desigual enfrentamiento entre la coquetería sádica de Amina frente a la candidez, credulidad, seriedad y timidez de Ahmed.</p>
<ul>
<li>¿Te gusto?</li>
<li>Sí, y mucho.</li>
<li>¿Serías capaz de hacer cualquier cosa por mí?</li>
<p>¡Claro!</ul>
<p>La chica, ufana de su superioridad femenina y dueña absoluta de los sentimientos del chico, meditó unos segundos para terminar diciendo en plan bromista:</p>
<ul>
<li>Por ejemplo…lanzarte desde la azotea a la calle.</li>
</ul>
<p>El chico aceptó la petición como si fuera una orden, y ni corto ni perezoso, se acercó sonriente y sin dejar de mirar a su amada al bordillo de la azotea que daba al suelo de la calle que se hallaba cuatro pisos más abajo y se detuvo. La chica lo siguió entre asombrada y satisfecha. Ahora jugaba con él como un muñeco teledirigido, sin saberlo, se había apoderado de su voluntad. Estaba sumiso a las caprichosas órdenes de una niña mimada. Y como siguiendo el juego, un juego inocente de niños, le envió la última orden a sabiendas de que era imposible ejecutarla:</p>
<ul>
<li>¡Salta! Si  te atreves</li>
</ul>
<p>Y se quedó sonriente en actitud arrogante con los brazos en jarras. Pero cual fue su sorpresa cuando vio que el chico, como impelido por una fuerza oculta, saltó de un brinco el bordillo y fue a caer al vacío mientras decía <em>“¡Te  quierooooo!”</em> que se iba ahogando a medida que se alejaba hasta terminar con un chasquido seco. La chica no podía creer lo que estaba viendo; horrorizada, se asomó a la calle, y allí estaba el cuerpo inerte  del desafortunado Ahmed en medio de un charco de sangre en forma de un corazón partido. Entonces ella lanzó un aterrador grito que estremeció las paredes del vecindario y se lanzó al vacío para seguir un juego macabro que ella empezó y el destino cruel terminó.<span class="end">¶</span></p>
<div class="nota">
<p><strong>Adil Ben Abdellatif</strong> nos recuerda con este precioso cuento que por amor se pueden hacer auténticas locuras.</p>
</div>
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		<title>34 El hábito hace al monje</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Feb 2010 18:47:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sergio</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

		<category><![CDATA[áfrica]]></category>

		<category><![CDATA[café]]></category>

		<category><![CDATA[corbata]]></category>

		<category><![CDATA[empresa]]></category>

		<category><![CDATA[negocios]]></category>

		<category><![CDATA[traje]]></category>

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		<description><![CDATA[La verdad es que era admirable la seguridad con la que realizaba la presentación sobre la futura expansión ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h1><span>34</span> El hábito hace al monje</h1>
<p>La verdad es que era admirable la seguridad con la que realizaba la presentación sobre la futura expansión de actividades de la empresa y su entrada en mercados que hasta hace poco nada tenían que ver con la orientación estratégica de la empresa. Más admirable aún si tenemos en cuenta que no hace ni 6 meses era esa misma persona la encargada de traer los cafés a todo el departamento. Una persona callada, tímida, sin iniciativa ni empuje ninguno. Traía los cafés y parecía que ese le llenaba, yo desde luego no había observado un atisbo de ambición a la hora de repartir los azucarillos, al cambiar los terrones por sacarina o al recoger los pedidos de cafés especiales para la responsable de cuentas.</p>
<p>¿Qué hacía entonces explicando al comité de dirección cuales iban a ser nuestros pasos en África?</p>
<p>La transformación había empezado unos 9 meses antes. El <em>cafetero</em> había empezado a abandonar los vaqueros y los nikis de grupos de música con los que atendía nuestra necesidad de cafeína y había empezado a cuidar su vestuario. Las zapatillas dieron paso a los zapatos y los vaqueros a pantalones de vestir. Pronto <em>Queen</em> abandonó su sitio en el corazón del muchacho para ser sustituido por logotipos de jinetes jugando al polo.</p>
<p>Esa transformación exterior produjo su efecto también en la forma de comportarse del muchacho. Seguía trayendo cafés e infusiones con la diligencia acostumbrada, pero ahora se interesaba por lo que hacíamos. Preguntaba de qué eran los informes que preparábamos, se interesaba por cómo llevábamos el trabajo, etc. Todo de forma muy natural, integrado en conversaciones banales, de cortesía.</p>
<p>Un día, se vio preparado para culminar la transformación y se presentó ante el jefe de departamento. Trajeado, con lustrosos zapatos italianos, camisa blanca y corbata oscura con pequeños rombos azulados. Parecía un anuncio de colonia cara. El último <em>yupi</em> que logró sobrevivirse a si mismos y a sus decisiones. Un joven triunfador con una propuesta rompedora bajo el brazo.</p>
<ul>
<li>Buenos días señor Saura. Les he estado observando estos meses y creo que tengo una serie de ideas para la expansión de la empresa por África.<br />
No piense que es una idea absurda de un chiquillo con tiempo libre. Me he estado informando y conozco los pros y contras de cada una de las opciones 	que se han estado discutiendo estos últimos meses. Le pido que me conceda unos minutos para que pueda ver los documentos que he preparado.<br />
No nos llevará más de 15 minutos y si después de ver los datos, las ideas que le expongo, no le 	convencen, no volveré a molestarle.</li>
</ul>
<p>Y así se fraguó el ascenso de nuestro <em>cafetero</em>. Algo muy gordo tuvo que pasar durante aquellos 15 minutos para que el cafetero se convirtiera en el timonel de la expansión de la empresa por África, y ese <em>algo</em> era lo que estaba desarrollando ahora mismo delante de un asombrado comité directivo.</p>
<ul>
<li><em>[...]</em> Y ésta señoras y señores es la propuesta en la que hemos estado trabajando durante estos últimos 6 meses<br />
Como ven, no creo haberme dejado ningún fleco suelto y para aquellos detalles incontrolados que siempre pueden ocurrir, se han elaborado los correspondientes planes de contingencia para poder afrontarlos 	rápidamente y lograr el éxito global del proyecto<br />
No sé si tienen alguna pregunta acerca de la presentación&#8230;</li>
</ul>
<p>Boquiabiertos, admirados, pasmados. Esas 8 personas sin piedad que habían rechazado 4 planes de expansión y habían despedido a otros tantos directores, se encontraban bajo el influjo del aroma a café que yo le seguía atribuyendo al muchacho.</p>
<p>Tras una pausa, Marisa Ridruejo, se libró del encantamiento y habló.</p>
<ul>
<li>Sólo una pregunta&#8230; Desde luego el plan es ambicioso, y parece que todo está bajo control. ¿Por dónde 	ha pensado iniciar todo el proceso? ¿Cuál será el primer país en el que ha pensado que debemos desembarcar?</li>
<li>Buaxam, sin duda. La coyuntura actual es perfecta para nuestros planes y servirá de espejo en el que deban mirarse el resto de las franquicias. Buaxam será la base sobre la que 	construyamos todo el proceso de expansión.</li>
</ul>
<p>¿Buaxam? ¿Le había dicho Buaxam a Marisa Ridruejo? ¿Es que acaso no sabía lo que había pasado allí? ¿No sabía que Buaxam era el único sitio del mundo vetado para nuestra empresa? ¿Nadie se lo había explicado?</p>
<p>Marisa Ridruejo palideció.</p>
<ul>
<li>¿Buaxam? ¿Ha dicho usted Buaxam?</li>
<li>Si, desde luego. No me cabe ninguna duda&#8230;</li>
<li>¡Cállese! ¡Cállese majadero!</li>
</ul>
<p>Adiós a la prometedora carrera de nuestro Juan Valdés. Cuando el <em>majadero</em> hubo silenciado toda la sala, nuestro futuro triunfador estaba desconcertado.</p>
<ul>
<li>¿Ha-Hay algu-ún pro-pro-problema con empezar po-por Buaxam?</li>
<li>¿Alguno? ¡Estúpido! Dónde ha estado usted los últimos años, ¿encerrado en la cafetería? Buaxam está vetado, ¡¡vetado!! En el ultimo intento de expandirnos por África, mi marido fue 	a hacer una visita al país con nuestros hijos para saber de primera mano como era la situación. Fallecieron los 3 en un 	ataque cometido por guerrilleros borrachos.<br />
Mientras yo sea la presidenta de esta empresa, Buaxam no existe. ¿Me entiende?</li>
</ul>
<p>¡Menudo golpe!</p>
<ul>
<li>Di-discul-pe-pe yo yo&#8230; de verdad&#8230; yo</li>
</ul>
<p>El traje parecía ahora lleno de arrugas y la camisa repleta de manchas de aceite. Los zapatos habían perdido brillo al mismo ritmo que la cara de nuestro conferenciante.</p>
<p>Hundido, confuso, desorientado&#8230; se echó mano a la corbata y, todos lo pudimos ver, puso la mano derecha sobre el <em>otrora impoluto</em> nudo Windsor y la izquierda sobre la parte de atrás de la corbata. Nos miró con los ojos muy abiertos y apretó la corbata con un golpe seco.</p>
<p>Cayó como un muñeco. Las piernas colocadas en una postura imposible y con la cara azulándose por momentos.</p>
<p>Alguno se acercó a auxiliarle, pero la mayoría seguíamos sentados con la boca abierta y los ojos fijos en el <em>cafetero</em>.</p>
<p>Hace ya dos años del último intento de expansión de la empresa por África. Yo he cambiado de trabajo y también cambié hace tiempo mi café doble matutino por una menta-poleo con sacarina.<span class="end">¶</span></p>
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		<title>33.iii Dolor (un cuento entre pucheros): Desenlace</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Dec 2009 07:05:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sergio</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Otros cuentos]]></category>

		<category><![CDATA[circular]]></category>

		<category><![CDATA[cocina]]></category>

		<category><![CDATA[enfermedad]]></category>

		<category><![CDATA[orígenes]]></category>

		<category><![CDATA[pucheros]]></category>

		<category><![CDATA[volver]]></category>

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		<description><![CDATA[En Bubba conoció a Dorita quien era la recepcionista de allí...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h1><span class="other">33.iii</span> Dolor (un cuento entre pucheros): Desenlace</h1>
<p><em><br />
<a href="http://www.tragediascotidianas.com/cuentos/otros_cuentos/33-dolor-un-cuento-entre-pucheros-nudo">[...]</a> Marcos se adueñó de ese estilo y con los años, se transformó en el número uno de Gualtier pasando por cada uno de sus restaurantes dejando tras de sí, su propio rastro inconfundible, marcando su propio estilo. Su jornada tenía diez, doce y hasta trece horas de trabajo duro y al terminar, como si sus piernas lo condujeran por instinto, se dejaba caer en una mesa del bar y así bajar de ese estado de alteración que dejaba la cocina con un par de cervezas hasta que ya estaba bien entonado como para irse a su casa tranquilo. Esa era la rutina.<br />
</em></p>
<p>
En Bubba conoció a Dorita quien era la recepcionista de allí y que siempre estaba mirando su reloj esperando la hora de finalizar su trabajo. Dorita no era gastronómica, odiaba salir tan tarde de trabajar. Le encantaba despertarse muy temprano y hacer cuanto pudiese. Aprovechaba la mañana para correr, ir al gimnasio y demás cosas de las que Marcos estaba muy poco familiarizado. Vivía con sus padres en el barrio de Caballito y estudiaba ciencias en la universidad. Y si bien no tenían mucho en común por alguna razón comenzaron a salir juntos, se casaron y tuvieron una hija a la que llamaron Micaela.</p>
<p>Marcos abandonó las noches de fiesta y las amanecidas en bares, su vida de familia le reclamaba estar un poco en su hogar aunque solo sea para dormir. Pero lo que no podía hacer era faltarle a su trabajo, se la pasaba de restaurante en restaurante supervisando cada uno de ellos. Cuando salía de uno, entraba en otro, de la mañana a la noche. Su vida era el restaurante -o los- y aunque realmente quería a su familia, sentía que lo comprenderían.</p>
<p>Micaela era hermosa, tenía los ojos del papá y la boca de la madre pero también había venido al mundo con una infección en su corazón y dependía de mucho cuidado. Si bien al principio pareció ceder, con el tiempo, la infección se estaba apoderando de su cuerpo. Marcos sabía que ella le exigía, su mujer le exigía también pero sus cocinas dependían de él. Ganaba muy bien, vivían en un hermoso departamento en la avenida Callao y hacía cuanto podía por ayudar a su hijita. Pero era muy difícil verlo al costado de la cama de hospital tomando su mano.</p>
<ul>
<li>Sería bueno que algún día visites a tu hija</li>
<li>¿Y no lo hago?</li>
<li>Una vez a la semana, y no todas - protestó Dorita - Que te ocupes más, ella te necesita… y yo también.</li>
<li>Y como querés que haga ¿me decís? - prosiguió él – Vos sabés que tengo nueve restaurantes que dependen de mí y también sabes que es lo que pasa si no estoy ahí  ¿o no? Hago lo que puedo, gasto mucha plata en este hospital, en las operaciones y en todos sus cuidados ¿Qué más puedo hacer?
</li>
<li>Mirá Marcos, la vida de tu hija, de nuestra hija – se corrigió ella - está en juego, fíjate qué vale más, tu trabajo o ella.
</li>
<li>Ella obvio… </li>
</ul>
<p>Pero Marcos no obedecía a sus palabras con hechos ni lo demostraba con actos. Su mujer le exigía pasar más tiempo con su hija pero sus restaurantes dependían de él.</p>
<p>Una noche, mientras Dorita dormía en la silla al costado de la cama de hospital donde su hija descansaba, el espectro sin rostro envuelto en su manto negro tomó la mano de la chiquita y se la llevó por siempre. Telefonearon a Marcos a la mañana siguiente y este se dirigió corriendo al hospital a abrazar a la niña pero sólo encontró su cuerpo frío sobre la cama. Su corazón había sucumbido y hasta allí lo soportó. Micaela yacía en brazos de Marcos; todo alrededor se enmudeció, él la sostenía fuerte entre sus brazos mientras su esposa lloraba y le miraba llenando su corazón de culpa. Sus ojos se cerraron y el silencio de la sala se cubrió de un bramido cargado de angustia, ahogado en impotencia que brotó de su más profundo dolor. </p>
<p>La amargura que le producía el remordimiento de haber podido hacer más por su pequeña hija, de haber estado ahí cuando ella lo necesitó, lo fue consumiendo, los meses pasaron y los bares fueron convirtiéndose poco a poco en un sedante a su dolor.</p>
<p>Ya no vivía en aquel hermoso departamento de la avenida Callao, ni Dorita lo esperaba como de costumbre lo hacía, durmiendo con el televisor prendido. Ahora estaba solo, pasando sus días en un estrecho apartamento en el barrio de once, calmando su pena en pesadas giras nocturnas cargadas de excesos esperando amanecer hasta entrar por la puerta trasera del restaurante, dirigirse a quien tuviera más cerca y expresarle su dolor salvajemente. Sus cocinas demandaban más pero él ya no tenía fuerzas, poco a poco fue perdiendo la pasión y la razón. Sus nueve restaurantes se redujeron al sector de carnes de uno de ellos -si apenas podía mantenerse activo unas cuantas horas- y al concluir la jornada escapaba hacia el bar más cercano para hundir en él sus pesares y su demencia, que estaba naciendo. Fue expulsado de la cocina, Gualtier le dio la espalda y su delirio se tragó su dinero, como el borracho su último vaso de whisky antes de volcarlo al tiempo que su frente golpea el ya mojado mostrador.</p>
<p>Así fue como se vio de nuevo regresando a su hogar, cargando aquel carrito que alguna vez había visto a su viejo empujar, separando las botellas de plástico verde de las transparentes, las latas de cerveza y gaseosa de las de tomate – que eran mas pesadas y tenían otro valor -, juntaba los diarios por un lado y los apilaba en un rincón y mientras, amontonaba los cartones que le darían ese pan para mojar en el guiso; en un improvisado primer piso, como si nunca se hubiera ido, como si el tiempo lo hubiera olvidado. Ahora volvía y ella lo esperaba: su casa, su hogar, la villa.<span class="end">¶</span></p>
<div class="nota">
<p>Fin del cuento del <strong>Sr. Gabo</strong>. Realmente merece la pena leerlo del tirón</p>
<ol style="margin-left: 2em;">
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</ol>
</div>
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