46 Fantasmas

Recuerdo la primera vez que la vi. Yo me encontraba en el único rincón de la barra del bar que solía frecuentar, que bañaba la sombra dejando ver, únicamente, mi mano y la copa de licor que sostenía. Ella entro sin hacer ruido alguno, recorrió el bar sin que nadie se percatara de su presencia y entró en el servicio sin mover apenas la cortinilla.

No logre verla con total exactitud, quizás por el avanzado estado de embriaguez en que me encontraba, sin embargo me pareció la criatura más hermosa que jamás había visto.

Salió tan silenciosamente como entró, luciendo un fino vestido blanco ceñido a un delgado cuerpo, una larga melena azabache que apenas se movió pese a sus veloces pasos. Salí del bar apresuradamente mas una vez fuera ella ya había desaparecido, así que, tras un breve tiempo de desilusionada reflexión, me decidí en ir ha buscar mi coche que había aparcado cerca del cementerio. Fue allí donde la encontré, arrodillada al lado de una tumba llorando desconsoladamente. Permanecí varios minutos inmóvil, observándola, pensando en entrar y decirle algo mas el miedo me impidió entrar, miedo que fue convirtiendo poco a poco en rabia, como cuando vas a buscar trabajo y te ignoran de tal manera que acabas saliendo de la oficina del paro pataleando y despotricando a gritos intentando al menos captar su atención para que, si mas no, llamaran a la policía, pero eso nunca sucedía, me dejaban marchar sin darle mucha importancia, por no decir ninguna, a lo que yo hiciera. Cuando hube regresado de tales recuerdos observé que la chica ya se había marchado.“Lástima”, pensé, y entré en el cementerio para conocer el nombre de aquel o aquella a quien lloraba la chica.

FRANCISCO SÁNCHEZ.

A la noche siguiente, cuando me dirigía al bar, vi como entraba en el cementerio de nuevo, pechos pequeños y perfectamente formados, una cintura estrecha y un trasero redondo, en perfecta armonía con la delicadeza de sus piernas.

Me acerque lentamente e intentando no hacer demasiado ruido y, cuando la tuve al lado, reuní todo el valor que pude para decir:

La chica se giró asustada pero, repentinamente, se tranquilizó y, bajando la mirada de nuevo a la lapida contestó:

La chica acarició la lápida, como buscando consuelo y siguió

No pude verle la cara, pero una atmósfera de tristeza, más si cabía, envolvió a la joven.

Sus palabras eran confusas, sin embargo, me resultaron extrañamente claras, obviamente hablaba de la droga.

Se levantó y se fue, rápida y silenciosamente, dejándome inmerso en un mar de sensaciones y pensamientos que, sin saber muy bien por qué, me resultaban estremecedoramente familiares.

A la noche siguiente me acerque más temprano llevando conmigo unas flores que había cogido a la entrada del cementerio y esperé a que ella llegara.

Sentí, en ese momento, que la conversación tenía que cesar, acaricié suavemente su hombro con la mano con la que la tenía cogida y, con la otra le giré lentamente la cara hasta que sus ojos se encontraron con los míos.

Me sorprendió la oscuridad de estos, busqué dentro de ellos pero parecían estar totalmente vacíos, un vacío que me fue envolviendo lentamente y, cuando me di cuenta, nuestros labios se habían juntado. Mis manos se deslizaros por su cuello, luego por sus hombros hasta sus piernas, ella se había tumbado en la tumba y cuando aquello, que tan pacientemente había esperado era inminente, ella se levantó enfurecida y, con la parte superior de vestido por la cintura me dijo:

No terminó la frase, pero no hizo falta. Se subió el vestido y se marchó.

La oscuridad me envolvía, me consumía, tanteé la penumbra con las manos era un sitio pequeño, estrecho, era…, era…

¡Un ataúd!

Mi cuerpo se estremeció, sentí que no estaba solo, alguien me acompañaba. Miré a un lado cuando una cadáver levantó la cabeza y se colocó encima mío. Mis gritos se ahogaron en el interior del ataúd.

Unos cabellos largos y blancos me cayeron sobre la cara. El muerto, que me resultaba extrañamente familiar, me agarró por los hombros.

Bajé la mirada para evitar verle la cara y, descubrí asombrado que tenía pechos, dos pellejos que colgaban sinuosamente desagradables. Alcé de nuevo la mirada y, allí estaba la muerta, abrió la boca y me besó, introduciendo una repugnante lengua que se metió asta la garganta, tan adentro que me dejó sin respiración.

El sol se me clavó en los ojos como cuchillos afilados. Me encontraba tumbado encima de la tumba donde la noche anterior había estado con la chica.

Me levanté y me dirigí decidido a la casa de la muchacha, no me resignaría a renunciar a ella.

La casa era típica casa de anciano, lúgubre y descuidada, paredes oscurecidas por la humedad y la suciedad, a decir verdad resultaba escalofriante incluso a la luz del día.

Llamé a una puerta de madera robusta con una pequeña ventanilla que se abrió súbitamente, un ojo de parpados arrugados asomó por la ventanilla. No se oyó voz alguna, la ventanilla se cerró de golpe y, tras unos segundos, se abrió la puerta.

Me sorprendió la pregunta y, a decir verdad, no la entendí, pero estaba tan decidido a hablar con ella de nuevo, averiguar como se llamaba, que no le di importancia.

Un sinfín de pensamientos, imágenes y sensaciones se entrecruzaron en mi mente, totalmente incomprensibles hasta tal punto que me aturdieron y, sin poder articular unas palabras de despedida me marché cabizbajo, confuso.

El crepúsculo cayó sobre las calles La conversación con la anciana me había dejado tan confuso que supe averiguar que había hecho durante el día.

Me acerqué al cementerio y allí se encontraba ella, llorando sobre la tumba.

Un aura de oscuridad la envolvió, sin embargo, parecía emitir una tenue luz blanquecina. Abrazó la tumba de su eterno enamorado y lloró desconsoladamente. Sus sollozos parecieron provenir de un lugar lejano, un lugar en donde ella ya había estado y comenzaba a regresar lentamente.

Al girarse la dulce y hermosa mujer se había transformado en un ser que pronto reconocí, pues era aquel cadáver que había atormentado mis sueños la noche anterior.

Lógicamente eche a correr cuando aquel engendro se me abalanzó, salté la valla del cementerio y eché a correr por las calles. Aquella criatura no dejaba de gritar estridentemente.

Cruzamos un par de calles y mientras cruzaba la avenida del pueblo unas luces me cegaron y luego silencio.

Aquel coche pasó por encima mío y siguió su camino sin inmutarse. Nadie chilló, nadie de los que en la calle se encontraban dieron importancia alguna a lo sucedido.

Yo seguía de pie. Miré desconcertado a la criatura que me perseguía, parecía asombrada e incluso, por como había cambiado su expresión, feliz.

Bajé la mirada para comprobar los estragos del accidente y descubrí aterrado un cuerpo delgado, consumido, demacrado. El brazo izquierdo me dolía y pese a no querer comprobarlo, lo hice, varias marcas de antiguos pinchazos me escocían, una de esas marcas comenzó a sangrar, el fino hilo se deslizó por el brazo escribiendo en el suelo un nombre del cual había renegado durante años y que revelaba un hecho que, al igual que la muchacha, había estado esquivando durante años.

FRANCISCO SÁNCHEZ

Javier también es uno de los habituales por esta web.

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