33.ii Dolor (un cuento entre pucheros): Nudo

[...] Ya no era el hombre fuerte que empujaba 180 kilos de basura sobre un carrito caminando kilómetros para llevarla hasta su casa y separarla para luego ser trasladada al galpón y cambiada por dinero.

El hombre había envejecido rápido y la muerte lo encontró dormido una fría noche de agosto.

Nadie conoce exactamente la historia pero se sabe, a través de sus relatos, que sus primeros pasos los dio a tropezones y que fue por una casualidad que entró en “Le Gardens”. Marcos había entrado esa mañana por la puerta de servicio que daba a la cocina para intentar que sus perfumes llegasen a manos de algún cocinero que quisiera aparentar usando una imitación barata de las que ostentaba vender.

Obviamente, Marcos no había elegido el mejor momento para vender sus perfumes pero por alguna razón que desconocía, le fue imposible poner un pié fuera del recinto.

La cocina era enorme y había al menos dieciséis personas vestidas de blanco cocinando a todo ritmo para sacarla adelante.

preguntó el chef acercando su pesado cuerpo al vendedor de perfumes

Y sin despegar un ojo a la armoniosa convulsión de cocineros marcando el tiempo, se encontró afuera y con la caja de perfumes llena y los bolsillos vacíos.

Pero algo había sucedido, por alguna razón quería ser él también, parte de aquello que acababa de presenciar, encontraba cierto descontrol dominado por la adrenalina que lo intrigaba de sobremanera. A la mañana siguiente se presentó nuevamente por la puerta de servicio pero esta vez sin su caja de perfumes, pidió permiso y fue directamente a encarar al chef que la mañana anterior lo había corrido de su cocina.

Habían pasado ya dos horas y sólo quedaban unos pocos huevos por limpiar cuando de reojo, Marcos, pudo observar la sombra del chef que se acercaba.

Al parecer, y por la forma en que se llevó al muchacho hacia la puerta –del cuello-, al chef no le gustó ese movimiento de manos y sin darle demasiada importancia, cerró la puerta trasera en su cara.
Pero allí estaría Marcos la mañana siguiente, dispuesto a obedecer cualquier orden del chef.

Cada tres días Marcos asistía con orgullo a la cocina de “Les Gardens”, era el encargado de darle un baño a los huevos. Así pasaron dos semanas: los huevos limpios y sus bolsillos vacíos. Marcos sabía que no tenía otra opción que acatar órdenes pero tenía que empezar a buscar la forma de conseguir algo de comida para él y Laura, que vendía rosas en los semáforos, pero no alcanzaba.

Los domingos los proveedores no trabajaban, no había huevos, así que Marcos se las rebuscaba haciendo changas por allí.

Uno de esos días de descanso para muchos, Marcos encontró un anuncio que decía “se necesita ayudante de cocina”. Sus ojos se iluminaron y fue corriendo a la dirección que el anuncio revelaba. Pero solo encontró una puerta cerrada.

La oportunidad lo sorprendió una mañana, lavando huevos, en que el bachero de la mañana, Juanpi, había atravesado su mano con una copa que ante un descuido se había partido mientras se disponía a darle el último enjuague. A Juanpi lo llevaron de inmediato al hospital dejando la bacha vacía.

Marcos comenzó a lavar tan rápido como sus manos se lo permitían, no quería desperdiciar esa oportunidad. El día iba a ser mas largo pero valdría la pena.

Al terminar la jornada se sentía cansado y sus manos, arrugadas y comidas por el jabón, apenas sostenían un vaso lleno de agua. Vio acercarse al chef que le ofrecía una coca-cola que brillaba de frescor.

El chef se volteó y Marcos sintió como si una estampida estuviera a punto de pasarlo por arriba.

Fue corto el período en que estuvo en la bacha, con el tiempo fue agarrando ritmo y velocidad y en guarniciones había quedado una bacante con la partida de Chavo. Pasó a guarniciones y rápido aprendió todo lo que había que saber, los trucos y mañas para tener la plaza en orden a tiempo.

Luego de algunos años se encontraba al mando de la parrilla. Había pasado por todos los puestos, desde las salsas hasta la pasta, los pescados y los postres. La adrenalina se lo tragaba en las horas de mayor ajetreo y se sentía feliz de ello, aquello le daba vida, aquello era su vida. Su vida había dado un vuelco, había encontrado por fin lo que de pequeño le faltó: una motivación, algo por qué vivir. Había olvidado la luz del día, sus salidas frecuentando los bares –y sus baños- y en particular uno donde se reunían todos los del gremio de cocineros y empleados de los restaurantes de la zona, luego de finalizar la jornada para intercambiar datos y anécdotas hasta que el sol asomara por las ventanas destruyendo la noche y obligando a quienes quedaban a partir hacia sus casas.

Su nombre ya sonaba entre mucha gente y muchas eran las invitaciones a renunciar en “Les Gardens” para hacerse cargo de cuanto restaurante se le ofreciera, mas él no lo abandonaría, allí estaba y allí se quedaría. “Les Gardens” era su casa, había pasado doce años, era su cocina y la dirigía como si de una orquesta se tratara; no se iría por cualquier cosa. Pero esa “cualquier cosa” apareció una noche en su amado bar de la mano de David Gualtier. El acomodado propietario de restaurantes conocía a Marcos y a su comida. Sabía perfectamente que era la persona indicada para dirigir su nuevo restaurante. Le hizo una oferta que a Marcos le fue difícil rechazar y así fue como “Les Gardens” lo vio por última vez.

Marcos se fue a “Tarttuf”, otro restaurante de la cadena Gualtier’s. La cocina no era tan grande ni requería tanto personal, no había sector de parrilla ni de salsas, los puestos se organizaban de manera diferente y la comida exigía cierta presentación que achicaba a tal punto las raciones que los platos parecían apenas manchados. Era esta nueva tendencia quien marcaba la diferencia con “Les Gardens”. Nada de la vieja escuela; los nuevos propietarios odiaban la vieja escuela que estaba cargada de reglas y mierda. No fue tan fácil el cambio pero para Marcos significó un giro en redondo. Había encontrado la importancia -como en la música, el silencio- del “vacío “en un plato, la sutileza. Lo que antes se llenaba de salsas, porciones que desbordaban del plato y cargadas de sabor, ahora apenas se presentaba dejando lugar a la naturaleza de exponer sus propios sabores y condimentarlos con algunos toques para transformar un plato en una obra de arte.

Marcos se adueñó de ese estilo y con los años, se transformó en el número uno de Gualtier pasando por cada uno de sus restaurantes dejando tras de sí, su propio rastro inconfundible, marcando su propio estilo. Su jornada tenía diez, doce y hasta trece horas de trabajo duro y al terminar, como si sus piernas lo condujeran por instinto, se dejaba caer en una mesa del bar y así bajar de ese estado de alteración que dejaba la cocina con un par de cervezas hasta que ya estaba bien entonado como para irse a su casa tranquilo. Esa era la rutina.///

Segunda entrega de Dolor del Sr. Gabo.

  1. Inicio
  2. Nudo
  3. Desenlace
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