34 El hábito hace al monje

La verdad es que era admirable la seguridad con la que realizaba la presentación sobre la futura expansión de actividades de la empresa y su entrada en mercados que hasta hace poco nada tenían que ver con la orientación estratégica de la empresa. Más admirable aún si tenemos en cuenta que no hace ni 6 meses era esa misma persona la encargada de traer los cafés a todo el departamento. Una persona callada, tímida, sin iniciativa ni empuje ninguno. Traía los cafés y parecía que ese le llenaba, yo desde luego no había observado un atisbo de ambición a la hora de repartir los azucarillos, al cambiar los terrones por sacarina o al recoger los pedidos de cafés especiales para la responsable de cuentas.

¿Qué hacía entonces explicando al comité de dirección cuales iban a ser nuestros pasos en África?

La transformación había empezado unos 9 meses antes. El cafetero había empezado a abandonar los vaqueros y los nikis de grupos de música con los que atendía nuestra necesidad de cafeína y había empezado a cuidar su vestuario. Las zapatillas dieron paso a los zapatos y los vaqueros a pantalones de vestir. Pronto Queen abandonó su sitio en el corazón del muchacho para ser sustituido por logotipos de jinetes jugando al polo.

Esa transformación exterior produjo su efecto también en la forma de comportarse del muchacho. Seguía trayendo cafés e infusiones con la diligencia acostumbrada, pero ahora se interesaba por lo que hacíamos. Preguntaba de qué eran los informes que preparábamos, se interesaba por cómo llevábamos el trabajo, etc. Todo de forma muy natural, integrado en conversaciones banales, de cortesía.

Un día, se vio preparado para culminar la transformación y se presentó ante el jefe de departamento. Trajeado, con lustrosos zapatos italianos, camisa blanca y corbata oscura con pequeños rombos azulados. Parecía un anuncio de colonia cara. El último yupi que logró sobrevivirse a si mismos y a sus decisiones. Un joven triunfador con una propuesta rompedora bajo el brazo.

Y así se fraguó el ascenso de nuestro cafetero. Algo muy gordo tuvo que pasar durante aquellos 15 minutos para que el cafetero se convirtiera en el timonel de la expansión de la empresa por África, y ese algo era lo que estaba desarrollando ahora mismo delante de un asombrado comité directivo.

Boquiabiertos, admirados, pasmados. Esas 8 personas sin piedad que habían rechazado 4 planes de expansión y habían despedido a otros tantos directores, se encontraban bajo el influjo del aroma a café que yo le seguía atribuyendo al muchacho.

Tras una pausa, Marisa Ridruejo, se libró del encantamiento y habló.

¿Buaxam? ¿Le había dicho Buaxam a Marisa Ridruejo? ¿Es que acaso no sabía lo que había pasado allí? ¿No sabía que Buaxam era el único sitio del mundo vetado para nuestra empresa? ¿Nadie se lo había explicado?

Marisa Ridruejo palideció.

Adiós a la prometedora carrera de nuestro Juan Valdés. Cuando el majadero hubo silenciado toda la sala, nuestro futuro triunfador estaba desconcertado.

¡Menudo golpe!

El traje parecía ahora lleno de arrugas y la camisa repleta de manchas de aceite. Los zapatos habían perdido brillo al mismo ritmo que la cara de nuestro conferenciante.

Hundido, confuso, desorientado… se echó mano a la corbata y, todos lo pudimos ver, puso la mano derecha sobre el otrora impoluto nudo Windsor y la izquierda sobre la parte de atrás de la corbata. Nos miró con los ojos muy abiertos y apretó la corbata con un golpe seco.

Cayó como un muñeco. Las piernas colocadas en una postura imposible y con la cara azulándose por momentos.

Alguno se acercó a auxiliarle, pero la mayoría seguíamos sentados con la boca abierta y los ojos fijos en el cafetero.

Hace ya dos años del último intento de expansión de la empresa por África. Yo he cambiado de trabajo y también cambié hace tiempo mi café doble matutino por una menta-poleo con sacarina.

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