62 Ejercicio de otoño

Ante la ausencia de presencias me vi solo. Cogí la calle camino de la parada del autobús, rodeado de hojas enrojecidas por los primeros fríos y por los aullidos dolientes del viento.

El frío me subía desde los pies, insuficientemente cansados para la época, víctimas de la moda de los demás que hace imposible encontrar algo cómodo y del gusto del usuario.

La cabeza rendida ante el calabobos, pensando en los dedos azules dentro del calzado mojado, avanzaba firme en la noche prematura camino de la parada que me acercase al sueño.

Jugaba con las monedas, 1.10 €, necesarias para pagar a Caronte la noche en la barca de la línea circular de la compañía municipal de autobuses.

Cogía el autobús-cama en el inicio de mi hibernación, que este año se había adelantado. Generalmente me retiraba a mi cueva del penúltimo asiento a la derecha cuando la temperatura empezaba a tontear con cambiar de signo y cuando las cuevas-albergue se llenaban de gente más previsora.

Llegué a la parada golpeando el aire con decisión al caminar sorprendido por el silencio repentino tras la noble marquesina (la “noble” marquesina). La lucha con el fiero otoño bien merece un descanso.

Ahí viene Caronte en su barca azul y amarilla. Hay almas dentro. Subo muerto de frío a ocupar mi lugar. He pagado pero no para que me orille en el reino de Hades, si no, si hay suerte, para que me deje dormir caliente mientras da vueltas durante 100 años o al menos 6 o 7 horas.

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